Costa Rica.
Roberto y yo casi nunca hablábamos de Costa Rica. No era nuestro destino de luna de miel. No era un lugar donde tuviéramos familia. No era un viejo sueño que nunca habíamos podido cumplir.
No tenía sentido.
Y, sin embargo, algo dentro de mí no quería romper esa idea. Quizás era el dolor.
Quizás era el orgullo.
Quizás era la última parte de mí que aún creía que mi esposo no había pasado cuarenta y cinco años a mi lado solo para humillarme al final.
Así que empaqué una pequeña maleta.
Tres vestidos.
Mi rosario.
Una foto de nuestra boda.
Y el poco dinero que me quedaba.
Justo antes de irme, abrí el cajón de la mesita de noche de Roberto, más por costumbre que por deseo. Y entonces encontré la fotografía.
Nunca la había visto.
En la foto, Roberto era mucho más joven, de pie junto a un hombre que se parecía tanto a él que se me encogió el corazón. Sonreían con un fondo de montañas verdes y nubes bajas.
En el reverso, escritas a mano, solo había unas pocas palabras:
Roberto y Tadeo.
Costa Rica, 1978.
Me quedé mirando ese nombre como si fuera a resonar y explicar mis cuarenta y cinco años de matrimonio.
¿Quién era Tadeo?
¿Por qué mi esposo nunca lo había mencionado?
El vuelo fue largo, incómodo y más silencioso de lo que jamás hubiera imaginado en un avión lleno de gente. Vestí de negro todo el trayecto. El dolor seguía oprimiendo mi pecho como un trapo mojado. Al aterrizar en San José, el aire me envolvió con una calidez y una densidad que me envolvieron, y por un instante sentí verdadero miedo.
En el funeral de mi esposo, mis hijos heredaron propiedades, apartamentos, autos y una fortuna cuya existencia desconocía... Me entregaron un sobre doblado y me dijeron: "Costa Rica es perfecta para alguien de tu edad". Mis hijos no lloraron cuando leyeron el testamento de mi esposo. Sonrieron.