Saqué la caja de zapatos del fondo de mi armario. Dentro, envuelto en una vieja bufanda, estaba el collar que me había regalado mi abuela: una joya que había guardado con mucho cariño durante más de veinte años.
Ahora se sentía diferente. Más pesado. Más cálido. Como si me entendiera.
—Lo siento, abuela —susurré—. Solo necesito un poco de tiempo.
Apenas dormí, dándole vueltas al asunto, esperando encontrar otra solución. Pero amaneció, y con ella llegó la realidad.
La casa de empeños estaba en pleno centro, un lugar al que la gente solo entraba cuando no tenía otra opción. Sonó una campanilla al entrar.
—Necesito vender esto —dije, colocando el collar sobre el mostrador.
El hombre que estaba detrás se quedó paralizado al verlo.
Se le puso el rostro pálido.
—¿De dónde lo sacaste? —susurró.
—Era de mi abuela —respondí—. Solo necesito lo suficiente para el alquiler.
—¿Cómo se llamaba?
—Merinda.
Regresó tambaleándose, agarrándose al mostrador. —Señorita… necesita sentarse.
Se me revolvió el estómago.