Sostuve su mirada, algo se movió de nuevo dentro de mí. —Tal vez —admití.
Mi padre carraspeó, con la voz ronca. —No podemos cambiar lo que hicimos —dijo—. Pero si hay alguna posibilidad…
No terminó el silencio. No tenía por qué hacerlo.
Los miré, a las personas que me habían destrozado, y que, sin embargo, aún llevaban pedazos de mí consigo.
—No sé si puedo perdonarlos —dije lentamente.
Mi madre suspiró, con lágrimas cayendo libremente. —Lo entendimos —susurró.
Camila extendió la mano con cuidado, su mano suspendida entre nosotras. —Todavía no los perdones —dijo suavemente—. Simplemente no te vayas otra vez.
Sus palabras resonaron en el aire, sencillas pero poderosas, capaces de cambiarlo todo.
La miré de la cabeza, luego a su rostro, tan familiar que sentí como si estuviera mirando a un pasado que no podía recordar.
Por primera vez en veinte años…
No me alejé.
Mis padres me miraron con ojos fríos y dijeron:
“Has traído vergüenza a esto. A partir de hoy, nunca más serás nuestra hija”.
Después de eso… me echaron de casa.
Ese año estaba en décimo grado en un pequeño pueblo del estado de Jalisco. Cuando aparecieron dos risitas en la prueba de embarazo, me temblaron tanto las piernas que casi se me cae. Todavía no sabía qué hacer cuando los rumores se habían extendido como la pólvora: en la escuela, en el mercado, incluso en la iglesia.