Apreté los puños.
—No parecían muy vacíos esa noche —respondí, sintiendo de nuevo la vieja llama del dolor.
La chica miró de uno a otro, confundida.
—¿Qué está pasando? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Por qué nunca me hablaste de ella?
Mi padre bajó la cabeza.
—Porque nos daba vergüenza recordar lo que hicimos.
La joven soltó la mano de mi madre y dio un paso atrás.
—¿La despidieron… estando embarazada? —Su voz se quebró—. ¿De verdad hicieron eso?
Nadie respondió.
Pero el silencio lo decía todo.
La chica me miró entonces; sus ojos reflejaban algo diferente… no era justicia, era dolor.
—¿Sobreviviste sola?
Respiré hondo.
—No solo sobreviví —dije—. Construí todo lo que ves ahora… sin ellos.
Otro silencio se apoderó del lugar.
Mi madre dio un paso hacia mí, temblando.
—Hija… perdónanos… por favor…
Levanté la mano, deteniéndola.
—No.
Esa simple palabra fue firme, clara y desafiante.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No vine por tu perdón —añadí—. Vine a cerrar algo que dejaste abierto hace veinte años.
Mi padre levantó la vista, conteniendo las lágrimas.
—¿Y… lo conseguiste?
Lo miré fijamente.
Luego observé la casa en ruinas, la puerta oxidada, el patio abandonado…
Y por primera vez en años… volví a sentir ese nudo en el pecho.
—Sí —respondí en voz baja.
La chica dio un paso hacia mí.