Mark se levantó de golpe.
Tenía el vaso de papel todavía en la mano.
Vi un polvo blanco pegado al borde húmedo, y el temporizador seguía contando segundos sobre el lavabo.
—No la toques —dije.
Mi voz salió tan distinta a la mía que hasta Sophie levantó la cara y me miró como si acabara de entrar otra mujer.
Él dejó el vaso.
Abrió las manos en ese gesto suyo de hombre razonable.
El gesto que usaba con vecinos, maestros, camareros, médicos, cualquiera que quisiera parecer sensato.
—Estás confundiendo las cosas.
Es medicina.
El pediatra dijo que podíamos probar baños largos para ayudarla a relajarse y con el estreñimiento.
Quise creerlo durante medio segundo.
Lo odié por eso.
Odié que incluso entonces supiera tocar el hilo exacto de mi duda, el lugar donde mi miedo buscaba excusas.
Pero Sophie empezó a temblar dentro de la toalla.
No miró a su padre.
Se escondió bajo mi barbilla con una desesperación tan total que mi esperanza se rompió.
Desde abajo llegó el sonido lejano de una sirena.
Mark lo oyó también.
Su cara cambió, no hacia la culpa, sino hacia algo peor: cálculo, frío, rápido, despierto.
—¿Llamaste a la policía? —preguntó.
No respondí.
No hacía falta.
Ya lo sabía.
Se acercó un paso, luego otro, con las manos aún abiertas, como si quisiera calmarme, como si fuera yo la que estaba perdiendo el control.