Tranquilos de una manera que no correspondía a alguien de su edad.
La gente lo notó de inmediato.
—¿De dónde salió?
—¿Es la hija de alguien?
—Seguridad…
Pero nadie se movió.
Porque algo en ella los hacía dudar.
No estaba perdida.
No tenía miedo.
Caminaba con determinación.
Directamente hacia él.
En la mesa central estaba sentado Daniel, un hombre cuyo nombre resonaba en cualquier lugar al que entraba. Su esmoquin negro estaba impecablemente confeccionado, su postura era serena, su presencia imponente sin esfuerzo. A su lado estaba sentada Victoria, cuyo vestido resplandeciente captaba la luz con cada sutil movimiento; su sonrisa, pulida, ensayada, admirada.
Habían sido el centro de atención toda la noche.
Hasta ahora.
La chica se detuvo justo delante de su mesa.
Tan cerca que el suave murmullo de las conversaciones a su alrededor pareció desvanecerse por completo.
—¿Sabes qué es esto? —preguntó en voz baja.
Su voz no era fuerte.
Pero no hacía falta.
Daniel apenas levantó la vista al principio, distraído, quizás esperando que alguien más interviniera. Pero algo en su tono —algo firme e inquebrantable— lo hizo alzar la mirada.
Y cuando lo hizo…
todo cambió.
Su expresión se congeló.
No era confusión.
No era irritación.
Algo más profundo.
Algo que se instaló en su rostro tan repentinamente que hizo que el aire se sintiera más denso.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó.
Su voz era diferente ahora.
Más abajo.
Más tensa.