Noah… mi hermanito.
Tenía solo un año.
No entendía el mundo.
No entendía el dinero.
No entendía por qué a veces había comida…
y a veces no.
Pero su cuerpo sí lo entendía.
Y lloraba.
Esa tarde… no paraba de llorar.
No eran lloriqueos.
No era quejido.
No era irritabilidad.
Era hambre.
Del tipo que duele.
Del tipo que las palabras no pueden calmar.
“Oye… tranquilo, cariño…”, susurré, abrazándolo fuerte.
“Te encontraré algo… te lo prometo.”
Fui a la cocina.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Como si a la tercera fuera a aparecer algo.
Abrí los cajones.
Nada.
Los armarios.
Vacíos.
La nevera…
y por un segundo…
De verdad creí que habría algo.
Pero no había nada.
Solo frío.
Solo silencio.
Solo el eco de lo que no teníamos.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Pero no podía llorar.
No entonces.
Porque si lloraba…
¿quién consolaría a Noah?
Entonces recordé algo.
Mi tía.
A veces nos prestaba dinero.