Una prisionera condenada a muerte queda embarazada en prisión; el director de la cárcel revisa las imágenes de las cámaras de seguridad y queda atónito al descubrir la verdad.

Mientras tanto, Carolia permaneció en silencio, tratando de comprender cómo podría proteger al hijo que esperaba en un entorno tan hostil y estrictamente controlado.

Cada día en prisión era un desafío. Los guardias la miraban con recelo, sus compañeros estaban atónitos y una sensación de vulnerabilidad la envolvía.

Sin embargo, su embarazo le dio una fuerza inesperada: la certeza de que tenía que sobrevivir, de que tenía que encontrar la manera de proteger a su hijo, incluso en las condiciones más duras.

El director de la prisión, tras revisar las grabaciones, se dio cuenta de que no se trataba simplemente de una violación del protocolo, sino de un acto de manipulación y abuso que se había estado desarrollando durante semanas.

Al observar atentamente a un guardia detrás de la celda de Carolina, comprendió que la institución había fallado en su deber de proteger a los más vulnerables y que aquel incidente había sido un accidente.

La conmoción y la indignación lo paralizaron por un instante.

 

Jamás había visto nada igual en todos sus años de servicio, y la perspectiva del escándalo que se avecinaba lo aterrorizaba.