Cuando finalmente nació el bebé, el ambiente en la habitación pareció relajarse, como si todos hubieran contenido la respiración durante demasiado tiempo. El gesto de la partera, la calma del médico, el repentino llanto: juntos rompieron una tensión que la superstición solo había intensificado. Nadie preguntó qué estrella dominaba el cielo ni si aquella fecha era bendita o maldita. En cambio, se acercaron: contaron sus dedos, sintieron su aliento en el pecho, acariciaron la suavidad de su cabello. El miedo, antes tan intenso, retrocedió, oculto por la silenciosa y abrumadora realidad de su existencia.
Advertencia: quienes la ignoren pagarán 12 años de mala suerte.