Y en ese instante, desde abajo, un agente disparó:
—¡Tenemos una habitación cerrada con llave en el sótano!
Maria sintió que los nervios de Emily flaqueaban.
Como si esa palabra, sótano, fuera el verdadero monstruo.
Emily susurró, casi sin voz.
—Ahí es donde más se esconde...
Daiel miró a Maria.
Maria miró a Emily.
Y los tres entendieron lo mismo.
La llamada no era por un sándwich grande.
La llamada era por una casa llena de secretos.
Una casa que parecía normal durante el día.
Y luego, por la noche, se convertía en algo completamente distinto.
Daiel habló por la radio.
—Asegura el expediente.
—Solicita control de animales e investigación.
—Y repórtalo a los servicios sociales inmediatamente.
Emily se acurrucó contra el brazo de Maria.
—¿Me sacarás de aquí?
María sostuvo su mirada.
«Sí, mi amor».
Emily parpadeó, como si la esperanza le fuera ajena.
«Pero… dijo que nadie me creería».
María apretó los dientes.
«Yo te creo».
Abajo, oyeron los pasos apresurados de Thomas.
No se oyeron más voces.
No se oyeron más órdenes.
No se oyó más metal.
El sonido de una puerta.
Silencio.
Ese silencio que se instala cuando te das cuenta de que has estado controlando la historia demasiado tiempo.