"No le importará que vayamos a ver cómo está".
Thomas dio un paso atrás como para proteger la escena.
"Esta es propiedad privada".
En ese momento, un sollozo resonó desde el piso de arriba.
No fue fuerte.
No fue teatral.
Solo un sollozo humano real que hizo temblar la decoración.
Los tres se giraron.
Emily estaba en lo alto de la escalera.
En pijama.
Un viejo conejo de peluche estaba apretado contra su pecho.
Tenía los ojos hinchados, como si hubiera estado llorando durante horas.
María notó lo más importante.
Le temblaban las manos.
Y evitaba mirar a su padre.
Emily susurró:
"Papá..."
La sonrisa de Thomas cambió.
Siguió con una versión más severa.
"Vuelve a tu habitación."
Emily no se movió.
Daiel dio un paso a un lado.
Sin empujar.
Sin tirar.
Simplemente ocupaba espacio.
"Emily, ¿estás bien?"
Emily miró a María, como buscando un rostro tranquilizador.
Y en ese leve movimiento, María vio marcas moradas en sus brazos.
Como dedos.
Como repetidos abrazos.
María respiró hondo.
"Señor Miller, necesitamos hablar con su hija."
Thomas levantó las manos, como si la calma fuera su escudo.