"Oficiales, esto es ridículo."
"No es ridículo", respondió Daiel.
Thomas intentó interponerse frente a la escalera.
María se acercó para que Emily pudiera verla de cerca.
—Hola, Emily.
Emily abrazó al conejo.
—Hola…
—¿Puedes venir conmigo un momento?
Emily dudó.
Él miró a su padre.
Thomas se inclinó ligeramente hacia adelante, sonriendo sin mostrar los dientes.
—No hace falta, cariño.
Esa frase, esa dulzura fingida, lo decidió todo.
Porque Emily retrocedió, como si esa dulzura fuera más dolorosa que un grito.
María dio dos pasos.
—Emily, ven conmigo.
Daiel mantuvo la mirada fija en Thomas.
Y Thomas cambió de táctica.
—Están violando mis derechos.
Daiel no protestó.
Apagó la radio.
—Envió refuerzos y a un supervisor.
Thomas tragó saliva.
Por primera vez, su confianza flaqueó.
María condujo a Emily al pasillo de arriba.
No abrió la puerta.
No la empujó.