Ella se quedó en la puerta, sosteniendo mi vestido como si fuera un tesoro. "Entonces mírame".
Ella me ayudó a prepararme. A ponerme el vestido. A sentarme en la silla. A convertirme en una versión de mí misma que apenas reconocía.
Cuando llegamos al gimnasio, me quedé pegada a la pared. Se convirtió en mi estrategia: estar presente, sin estar realmente allí. Sonreír cuando era necesario. Dejar que la gente dijera lo correcto.
"Estás preciosa."
"Me alegro mucho de que hayas venido."
"Deberíamos sacarnos una foto."
Luego volvieron a la pista de baile. A volver a moverse. A volver a vivir una vida que aún tuviera sentido.