Enterré a mi hijo hace 15 años. Cuando contraté a un hombre para mi tienda, juraría que se parecía exactamente a él.

La curva de su sonrisa.

¡Parecía el hombre en el que mi hijo podría haberse convertido!

Fue pura coincidencia.

Me quedé mirando la foto.

Había un vacío de siete años en su historial laboral.

Y justo debajo de ese vacío, una breve explicación: encarcelado.

La mayoría de la gente habría descartado el currículum en ese mismo instante.

Yo no. Quizás fueron los recuerdos de mi difunto hijo los que me impulsaron a actuar.

En lugar de eso, cogí el teléfono y llamé al número que aparecía en la página.

La mayoría de la gente habría descartado el currículum.

Barry llegó a la entrevista la tarde siguiente.

Cuando entró en la oficina y se sentó frente a mí, parecía nervioso pero decidido.

El parecido me impactó aún más.

Por un momento, me quedé sin palabras.

Me dedicó una leve y torpe sonrisa.

“Agradezco la oportunidad de la entrevista, señor.”

Su voz me devolvió a la realidad.

Parecía nervioso, pero decidido.

Volví a mirar el currículum.

“Tiene un vacío aquí”, dije.

“Sí, señor. Cometí errores en mi juventud”, dijo en voz baja. “Los pagué caro. Solo quiero una oportunidad para demostrar que ya no soy esa persona.”

Su honestidad me sorprendió. La mayoría de la gente habría evitado el tema.

Lo observé con atención.

Cuanto más lo miraba, más extraña era la sensación. Se parecía tanto a mi Barry que sentía como si estuviera sentado frente a él.

“Tiene un vacío aquí.”

Entonces tomé una decisión.