Luego contó su versión.
Cómo conoció a Adrián.
Lo encantador que era.
Cómo nunca hablaba de su pasado.
Cómo construyó su vida a base de medias verdades y silencio.
Y cómo, en el momento en que las cosas se pusieron serias…
Él huyó.
El doctor Vega escuchó en silencio.
Luego volvió a mirar al bebé… su expresión se suavizó.
«Tiene la nariz de su abuela», dijo con dulzura.
Lucía dejó escapar una risita entrecortada por las lágrimas.
Porque, de alguna manera… esa simple frase le pareció más humana que cualquier otra cosa.
Antes de salir de la habitación, el doctor se detuvo en la puerta.
«Dijiste que no tienes a nadie», le dijo.
Lucía bajó la mirada.
«Creía que no».
Él asintió lentamente.
—Ese niño es mi familia —dijo—. Y si lo permites… tú también lo eres.
Tres semanas después, encontró a Adrián.
Viviendo en un motel barato.
Bebiendo demasiado.
Huyendo de todo.
No gritó.
No lo acusó.
Simplemente puso una foto sobre la mesa.
Un bebé recién nacido.
—Se llama Mateo —dijo—. Y tiene la cara de tu madre.
Adrián miró la foto… y poco a poco se derrumbó.
Dos meses después…
Llamaron a la puerta de Lucía.
Abrió.
Y allí estaba él.
Más delgado. Cansado. Destrozado como nunca antes lo había visto.
—No merezco estar aquí —dijo.
—Tienes razón —respondió ella.