Silencio.
Entonces…
Un leve sonido desde dentro de la habitación.
El bebé.
El rostro de Adrián se descompuso.
Lucía se hizo a un lado.
No porque lo perdonara.
Sino porque su hijo merecía la oportunidad de conocer a su padre.
Adrián entró lentamente.
Se arrodilló junto a la cuna.
Extendió sus dedos temblorosos.
El bebé los agarró al instante.
Y se aferró.
Con fuerza.
Adrián rompió a llorar.
Desde ese día, nada fue fácil.
Hubo discusiones.
Dudas.
Momentos en que Lucía casi lo apartó de nuevo.
Pero esta vez…
Se quedó.
No perfectamente.
No por arte de magia.
Pero con constancia.
Un año después, Mateo dio sus primeros pasos.
Dos años después, Lucía reconstruyó su carrera.
Adrián consiguió un trabajo estable. Fue a terapia. Se enfrentó a sí mismo por primera vez.
¿Y el doctor Vega?
Aparecía todos los domingos con comida, historias y un amor silencioso.
Una noche, Adrián se arrodilló frente a Lucía con un pequeño anillo.
—No te pido que olvides nada —dijo—. Solo quiero dedicar mi vida a demostrarte que puedo quedarme.
Lucía lo miró fijamente durante un largo rato.
—No te perdoné de golpe —dijo en voz baja.
—Lo sé.
—Te perdoné… día a día.
Luego cerró la caja del anillo con delicadeza.
—Quédate mañana —dijo—. Y pasado mañana. Y los próximos diez años.
—Eso importa más que esto.
Adrián asintió, con lágrimas en los ojos.
—Lo haré.
Lucía nunca necesitó ser salvada.
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