Me llamo Nayeli Cárdenas, y durante casi toda mi vida la gente actuó como si mi hermana gemela y yo hubiéramos nacido de mundos diferentes, aunque compartíamos el mismo rostro.
Lidia siempre fue la más dulce. La que pedía disculpas primero, la que bajaba la mirada para mantener la paz, la que creía que el amor podía sobrevivir a casi cualquier cosa si se aguantaba lo suficiente. Yo era a quien temían. La que sentía todo con demasiada intensidad, demasiado rápido, demasiado profundamente. Cuando me enfadaba, me invadía todo el cuerpo. Cuando tenía miedo, me temblaban las manos como si el miedo perteneciera a alguien más viviendo bajo mi piel. A los dieciséis años, esa diferencia ya había marcado el rumbo de nuestras vidas.
Sorprendí a un chico arrastrando a Lidia detrás del instituto, tirándole del pelo mientras ella le suplicaba que parara. No recuerdo haber decidido nada después de eso. Recuerdo el crujido de una silla, el sonido de sus gritos, las caras que se volvieron hacia mí con horror. No hacia él. Hacia mí.