El armario de la abuela aún olía a ella. Cálido, familiar. Como si, al cerrar los ojos, pudiera seguir allí diciéndome que no revolviera sus cosas.
Al fondo, encontré algo que nunca había visto: una funda para ropa.
Dentro había un vestido azul claro.
Su vestido de graduación.
Lo levanté, conteniendo la respiración. Me quedaba casi perfecto.
—Me lo voy a poner —dije.
La señora Kline apareció detrás de mí. —Ah, ese vestido.
Su tono me pareció extraño, pero no le pregunté nada. No en ese momento.
Insistió en que necesitaba arreglos. Me dio el nombre de un hombre en el centro. Dijo que trabajaba con prendas delicadas.
Fui a la mañana siguiente.
La tienda olía a tela, a madera vieja… y a lilas.
El mismo aroma.
—Medio pueblo huele así —dijo el sastre cuando lo mencioné—. El olor se impregna.
Sabía mi nombre antes de que lo dijera. Dijo que la señora Kline había llamado con antelación.
Esa debió haber sido mi primera advertencia.
Manipuló el vestido con cuidado, pasando los dedos por el dobladillo. Luego se detuvo.
—Un momento —dijo.
Sentí un nudo en el estómago. —¿Qué?